20/12/08

Esperanza

Esperanza era una niña preciosa. Tenía un cabello rizado del color del sol y deslumbraba con sus bucles al siempre asombrado gentío que la admiraba a su paso. Sus ojos eran verdes, enormes y brillantes, relucientes como dos esmeraldas engarzadas en una tez rosácea y limpia. Esperanza era, ya de niña, perfecta.

A Esperanza, cuando era joven, le encantaba jugar. Jugaba sola o con otros niños, incluso a veces jugaba con los mayores. Era jovial, viva, alegre, siempre tarareaba alguna cancioncilla o iba de un lado a otro saltando y correteando. Pero tenía un defecto, era una tramposa. Esperanza era muy inocente, nunca hacía daño a nadie a conciencia, pero le gustaba mucho ganar, creía siempre tener razón y acababa haciendo trampas para conseguir todo lo que se proponía y, en consecuencia, los otros niños se cabreaban y la dejaban sola, aunque pronto volvían a jugar con ella, porque era muy difícil no caer en el espectro de alegría y felicidad que la rodeaba, además de que lo hacía siempre sin malas intenciones.

Cuando creció, Esperanza se convirtió en una mujer perfecta, bellísima y al igual que cuando era pequeña, muy alegre. Todos la querían, Esperanza era la amiga perfecta, siempre animaba a todo el mundo, siempre daba consejos y nunca decía que no a alguien indeciso. Pero Esperanza no sabía lo que hacía. Seguía siendo igual de inocente que de niña y no se daba cuenta que los consejos que daba acababan haciendo mucho daño a la gente. Consejos de trabajo, de amor o incluso de salud. Muchos consejos que ella daba acababan siendo un fracaso en las vidas de sus amigos y conocidos, porque ella era demasiado impetuosa. Alocada, dirían algunos si no llegasen a ver su rostro angelical. Esperanza no se daba cuenta de que hacía mucho daño a la gente con falsas ideas, con proyectos e ilusiones que ella les animaba y les aseguraba que funcionarían. Esperanza era buena, pero se guiaba y dejaba guiar al resto por el corazón. Muchas veces, tras fracasar luego de ser aconsejados por ella, la gente se enfadaba e incluso había quién decía que la odiaba y nunca volvería a hablarle… pero siempre volvían.

Años después Esperanza se convirtió en una venerable anciana, con una belleza aletargada y guardada en el alma que nunca ninguna mujer tuvo antes. Su vitalidad era la misma, y el paso de los años le proporcionó las palabras ideales para que todos sus consejos, que solían ser castillos en el aire, sonasen de una forma irrechazable. ¡Que bien hablaba Esperanza! Esa mujer, conservada por el tiempo como una estrella incandescente que nunca se apaga seguía viviendo con la misma alegría que cuando era una preciosa niña de parvulario.

Cuando Esperanza murió mucha gente acudió a su entierro, mucha gente lloró junto a su tumba y muchos otros se sintieron perdidos y desamparados. Pero unos pocos, quizá los que más conocían a Esperanza, tras sentirse apenados decidieron sobreponerse y olvidarla, porque por su culpa habían fracasado, sufrido y llorado durante todas sus vidas. A partir de ese día, nunca más volvieron a hablar de Esperanza, nunca más recordaron su nombre, su rostro o sus palabras. Y nunca fueron tan felices como el resto de sus vidas sin Esperanza. Sin esperanza.

18 Oct 2006

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