22/1/09

Alerta roja

Es Jueves, día 22. La mañana transcurre mortecina y muy húmeda. El tráfico por la Florida se entremezcla con la tierra mojada y triste de las obras en la carretera. Algunos obreros intrépidos se refugian en un poncho amarillo mientras van aquí y allá avanzando lentamente el trabajo, rodeados de asfalto hecho trizas y vallas protectoras rojas y blancas.

Los exámenes comienzan el día 26. Esa es la realidad. Ni antes, ni después. Hoy me he levantado más bien tarde, me he duchado y he desayunado con calma, casi con desgana. El tiempo se ralentizó y yo lo dejé fluir a su ritmo. Ahora, a las diez y media, escribo una entrada del blog. Se avecinan tres exámenes y medio, tres problemas y medio. La situación se complica por momentos... ¡Que no panda el cúnico! Me tomo la mañana sabática, para leer, para calmarme, para relajar el cuerpo y la mente. Ante el desastre es mejor estar preparado y dispuesto que frustrado y débil.

Se me acumula el trabajo cultural. Libros, películas y discos se me amontonan en una pila de tareas pendientes que cada día es más grande. Cada vez me cuesta más encontrar la forma de corresponder con mis deberes vocacionales. Y con mis deberes no negociables, peor.

El futuro pinta negro, que fue el color que me quedó para elegir por haber llegado el último. No pasa nada, algunas de las fotografías más bonitas se han hecho en blanco y negro. ¿Seré un buen fotógrafo?

Y sigue lloviendo a los dos lados de la ventana.

4/1/09

Aquel BMW rojo.

Ella siempre había sido bastante inteligente. Espabilada. Sacó la carrera de económicas en seis años y pronto empezó a trabajar. Primero en un supermercado, como encargada, luego en un banco. Y así, hasta ahora. No era demasiado guapa, pero nunca la llamaron fea. Tenía el pelo medio rubio, medio castaño, combinando los tintes con los tonos que le otorgó su herencia. Se maquilló por primera vez a los catorces y desde entonces nunca pasó un día sin arreglarse. Perdió la virginidad a los diecisiete, con César, su primer gran amor. Desde entonces, sólo había estado con dos chicos, aunque en realidad sólo había estado enamorada de uno. De él.

Él nunca fue muy listo. Cuando decidió abandonar el bachillerato su madre sintió que en parte era culpa suya, por haberlo forzado demasiado. Al paso del tiempo descubrió que su elección no había sido tan mala. Su padre, que poseía un concesionario de coches, le financió la compra de un gimnasio, que dirigió con mediocre competencia durante seis años, sacando algún beneficio extra haciendo realidad los sueños de vigorosos atletas escasos de tiempo y motivación. Cuando la conoció él no era más que un pez en un gran acuario, pero por algún motivo a ella le gustó. Era amable y cariñoso. La pasión fue la suficiente para complacerla.

La parpadeante luz naranja de la farola quebraba la armonía del rojo brillante del coche. Mientras ella lloraba dentro él trataba de explicarse. El hermetismo del vehículo no dejaba saber de que hablaban, aunque los dos parecían oscilar entre la cólera y la tristeza. El pequeño tiempo que la puerta permaneció abierta fue suficiente para que un agrio "¡me cago en Dios!" se colase hacia el exterior mientras él golpeaba con furia el volante del coche. Ella salió con el rímel corrido y el maquillaje deshaciéndose en sus manos.

Tras salir del coche miró atrás en dos ocasiones. El rápido y afilado taconeo de sus botas de caña alta estremeció a unas tímidas y grisáceas aceras.

1/1/09

Del 2009 al 1920.

Es uno de Enero. Las travesuras intestinales de mi compadre y los desmanes lúdicos de la población colindante hicieron comenzar el año, ya de madrugada, con pie izquierdo. La huida al sobre resultó un trastorno, ya que la familia menos marchosa del condado todavía seguía en la mesa, y a golpe de licor, política y chismes de segunda aguantaban el tipo y vencían a un joven y desalentado veinteañero.

El día amaneció gris, pálido y mortecino. Húmedo. Entre bits y chips transcurrió muy a modo la mañana, casi como si el tiempo se ralentizase. Los Soprano amenizaron las horas previas a la comida: marisco y bacalao al horno. Un homenaje a un Manuel y medio.

La tarde, horriblemente pesada. El ambiente cargado me tornaba macilento mientras Los Soprano, de nuevo, aumentaban algo mi miopía en favor de aliviar un poco el tedio. La noche prometía poco. La cama rogaba cansina por temprana compañía... pero algo pasó.

Navegando a través de internet a causa de los despojos de mi memoria encontré sin demasiado esfuerzo una de esas cosas que tienen una utilidad nula y un valor sentimental infinito. Un documento oficial de 1920 que reflejaba la entrada de mi abuelo (no, ese no, el paterno) en Estados Unidos. La Isla de Ellis fue su recibidor principal, que le dio entrada al viejo Nueva York de los años veinte llegando desde la vieja Habana.


El significado es casi paupérrimo, pues el mencionado hombre (Raimundo, para más señas) volvió al cabo de pocos años de vuelta a España, a una descarriada y minúscula aldea de la provincia de Lugo. No obstante, mis propias ambiciones se ven reflejadas en ese documento, la búsqueda de algo más, de una vida nueva y quizá, quien sabe, de un no retorno. El romanticismo que a un servidor le devuelve ese viejo documento que hace casi un siglo fue firmado para permitir la entrada a ese extraño país a mi propia progenie, me confiere la valentía y el deseo suficiente para seguir sus pasos (los primeros al menos) y, quizá, algún día, hacer realidad su fallido proyecto americano.